Brasil pasó miedo, pero pasó. Y eso, hoy, ya es noticia menor.

Porque el lunes 29 de junio el cuadro del Mundial 2026 se partió en su mitad más brillante. La narrativa de moda tenía nombre: la parte de arriba del cuadrante era una súper-llave europea. Alemania, Países Bajos, Francia, Inglaterra, todos amontonados ahí, con Brasil metido entre ellos como el único gigante de otro continente. Una Champions de verano, decían. La máquina que debía escupir al campeón. La otra mitad, la de abajo, guardaba a la Argentina de Messi, a Colombia, a España, a Portugal, a Bélgica. No era una división limpia de sudamericanos contra europeos —Brasil estaba arriba, con ellos; Argentina y Colombia esperaban abajo—, pero la idea era esa: el peso estaba en la parte de arriba. Y en una sola tarde-noche, esa parte de arriba se quebró. Dos de sus joyas europeas, Alemania y Países Bajos, quedaron afuera. Las dos por penales. El día que se suponía iba a confirmar el poderío del Viejo Continente fue el día que lo dejó tambaleando.

Pero arranquemos por el gigante que sobrevivió. Brasil 2-1 Japón, en el NRG Stadium de Houston, y no se vayan a creer que fue un trámite. Japón pegó primero y pegó donde duele: minuto 29, Kaishu Sano le robó un balón a la salida y batió a Alisson. Brasil se quedó mirándose las manos. Coqueteó con el desastre, esa cosa rara de verlos nerviosos, sin la pausa de siempre, corriendo detrás del partido en vez de mandarlo. Casemiro apareció al 56 para empatarlo de cabeza, oficio puro, y aun así el partido se le hacía cuesta arriba. Hasta que llegó el descuento. 90+5. Gabriel Martinelli, asistencia de Bruno Guimarães, y el gol del triunfo sobre la hora. La Verdeamarela sobrevive, se vio mortal, hasta frágil, pero sobrevive. Espera en Octavos al ganador de Noruega contra Costa de Marfil. Pasó. A veces eso es todo lo que importa.

Lo demás fue caída de favoritos. En el Estadio Monterrey, en México, Países Bajos empató 1-1 con Marruecos y perdió la tanda 3-2. Los neerlandeses iban ganando: Cody Gakpo, minuto 72, y parecía que controlaban. Entonces Marruecos hizo lo que hace Marruecos. Centro de Chemsdine Talbi al 91, cabezazo de Issa Diop, y se les rompió el corazón a los de naranja. Cero a cero en el alargue, todo a los penales, y ahí volvió a aparecer el mismo de siempre: Yassine Bono, Bounou, el muro de 2022, agigantándose otra vez para taparle el remate a Crysencio Summerville. Ismael Saibari clavó el decisivo. Marruecos se cruza con Canadá el 4 de julio en Houston. Los favoritos caían, y esto era apenas el aperitivo.

Porque el plato fuerte se cocinaba en el Gillette Stadium, cerca de Boston, y se llamó Paraguay. Alemania 1-1 Paraguay, Paraguay 4-3 en penales. La primera vez en la historia que Alemania pierde una definición desde el punto blanco en un Mundial. Léanlo de nuevo. Julio Enciso había adelantado a la Albirroja cerca del 42, de cabeza, tras un centro de Miguel Almirón. Kai Havertz lo empató al 54, también de cabeza, asistencia de Florian Wirtz. En el alargue Alemania creyó que lo ganaba: Jonathan Tah metió la testa en un córner y la mandó adentro, pero el VAR lo anuló por falta sobre el arquero Orlando Gill, con Waldemar Anton bloqueándolo. Alemania ardió, gritó al cielo, polémica hasta hoy. Pero la jugada es la jugada y el fallo fue ese. A los penales, entonces, donde se hizo gigante Orlando Gill: le atajó a Havertz y le atajó a Woltemade, dos, y José Canale fusiló el decisivo en muerte súbita para meter a Paraguay 4-3.

Y aquí toca decir lo que casi nadie quiere decir antes del partido. El plantel de Alemania vale alrededor de 775 millones de euros. El de Paraguay, unos 135. Casi seis veces menos. Los dos hombres más caros de Alemania, Florian Wirtz y Jamal Musiala, valuados por Transfermarkt en cerca de 100 millones cada uno, valen más, los dos solos, que los 26 jugadores de Paraguay juntos. Con eso en la mesa, ¿quién iba a darle una ficha a la Albirroja? Nadie. A Paraguay lo daban por barrido antes de salir del túnel.

Y ahí está el detalle que el mundo, cada cuatro años, se empeña en olvidar. A Paraguay siempre lo descartan. Siempre. Pero cualquiera que se haya curtido en la CONMEBOL —el infierno sudamericano, ese que no perdona— sabe que con Paraguay no se juega. No se regala nada. Con Gustavo Alfaro, el Profesor, Asunción se volvió un fortín: apenas recibieron alrededor de diez goles en dieciocho fechas de eliminatoria. Diez. Le ganaron 2-1 a la Argentina de Messi en Asunción en noviembre de 2024. Le ganaron 1-0 a Brasil en septiembre de ese mismo año. Pregúntenle a la Argentina lo que es ir a sudarla allá. Pregúntenle a Brasil. Pregúntenle a cualquiera que haya tenido que pelear noventa minutos contra ese bloque que no se rompe, que no se queja, que corre hasta el final. En Colombia lo sabemos, lo sabe toda la CONMEBOL: a Paraguay hay que ganarle cada centímetro, cada pelota dividida, cada córner. Alemania los miró por encima del hombro. Trajo sus 775 millones y su historia y su soberbia. Y a Paraguay no se le mira por encima del hombro. Lo aprendieron en Boston, a la mala, desde el punto del penal.

Así que cerremos donde abrimos. Esa súper-llave europea, la Champions de verano, la máquina que iba a fabricar al campeón, acaba de perder dos joyas en un mismo día. Brasil sigue ahí de pie, el último gigante grande de esa mitad, pero pasó tanto miedo contra Japón que ya nadie lo ve intocable. El camino, de repente, está abierto de par en par. Y abajo, en la otra mitad, agazapadas, esperando su turno, siguen Argentina y Colombia. Frías. Enteras. Sin un rasguño. El sueño de una coronación sudamericana en 2026 no solo está vivo. Después de un día como este, con Paraguay sacando pecho en Boston y los gigantes europeos cayéndose uno tras otro, se siente más cerca que nunca. Que tiemblen. Esta mitad del mundo todavía tiene mucho que decir.

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